Una lloradita y a seguir existiendo

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Apagas el despertador, te levantas, vas al baño, te miras al espejo y la que aparece en el reflejo eres tu, pero sin serlo. Hoy estás triste, más triste que de costumbre, como si se hubiera muerto alguien, como si se te hubiese apagado la luz. 

Preparas café, el tupper con la comida del día y sales por la puerta. 

Ejecutas una por una todas las tareas metódicas que haces a diario, sin pensarlo, funcionas en modo automático.

Pones la misma lista de Spotify de camino al trabajo y cantar a viva voz parece que es lo único que te motiva. 

Se te saltan un par de lágrimas, porque hay una de las canciones que te envidria los ojos. 

No es por la letra, no es por la música, no es por la canción, eres tu que necesitas un escape y te permites el lujo de llorar con esa canción, solo con esa y la pones en repeat.

Aparcas y comienza tu jornada laboral. Comienza a dolerte la cabeza en cuanto subes la persiana de la oficina, como siempre, parece un pequeño aviso de lo que te espera.

Resumiremos la mañana en “apagar fuegos”, como siempre. 

Descanso de medio día. Visita al mercadona. Comer con los Simpsons de fondo y luchando por resolver el wordle del día en la primera palabra y antes de que volvamos al trabajo. 

Segunda ronda. Algo más tranquila hasta la hora de salir, que comienzan todos los problemas. Pero hoy se ha roto algo en ti, no sabes el qué, pero llegan las 18:00, miras el reloj y te vas.

Vuelta al coche, misma lista de Spotify, la misma canción, de nuevo lágrimas…

En un punto del viaje te das cuenta de que estar triste todo el día no te representa. De que te estás quedando en las guías y no es el deporte. Te das cuenta de que te estás consumiendo y que no aguantas más.

Y por un instante, por un solo instante, piensas que no merece la pena seguir aquí.

Recapacitas, como siempre. 

Siempre merece la pena seguir aquí, pero no merece la pena seguir así. 

Y rompes a llorar, porque solo por un segundo, te has cuestionado tu existencia y los motivos para seguir en este mundo. 

El problema no eres tu, el problema no son los demás, el problema son tus decisiones que te han metido en una rutina que te agota, que te absorbe, que te apaga, y eso es lo que tienes que cambiar. 

Así fue como me di cuenta de que no estaba bien y tenía que cambiar, este fue mi punto de inflexión. 

Si estás pasando por algo parecido no te conformes con “una lloradita y a seguir existiendo”.

P.D: La foto fue mi última “lloradita y a seguir existiendo”.

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